“Escribir es terminar con la belleza de uno”

“Escribir es terminar con la belleza de uno”.

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Una escena de mi vida

Los rodajes están siempre llenos de tensiones, cansancios y festejos. Gisela presenció y participó en un cortometraje de una alumna de la FUC y nos cuenta cómo fue la jornada de un día casi inolvidable.

El día que me pidieron que actúe en un cortometraje por primera vez en mis veintidós años me sentí una nena. Una nena por lo indefensa, insegura e inexperta. Acepté pero sin saber lo que me esperaba.
El viaje al rodaje con mi amiga y su novio, quienes también actuaban, se hizo bastante pesado, sobre todo por lo pegajosos que estuvieron el uno con el otro a unos centímetros de mi cara. Lo que menos quería un sábado de verano por la tarde era ver como una parejita se entretenía en mis narices. El viaje en el 152 se hizo un poco largo, o la sangre me corría tan rápido que todo lo demás se hacía lento. No me pude sentar hasta que estábamos en Esmeralda y Santa Fé, cuando un señor mayor me cedió el asiento cuando se bajó. Me senté, respiré, transpiré y en un suspiro estábamos en la esquina del lugar.
Bajamos en pleno centro, vacío de ruidos, de gente y de humo. Era un bar irlandés, conocidísimo por sus grandes festejos en San Patricio, que se unía en las calles Riobamba y Marcelo T. de Alvear. Ya desde afuera se notaba en el aire un caos general. Antes de pasar la puerta nos chocamos con un chico que, de atolondrado, salió con un enorme fresnel y nos lo dio en la cara. De primera arrancamos mal. Ya un poco de mal humor pasamos la puerta y un mundo nuevo se abrió ante nuestros pies. Todo estaba ambientado como en los años 70, pero rodeado de cables y luces. Las ventanas habían sido tapadas para simular la noche y cada mesa tenía al menos una copa y una canasta de maníes.
Un poco fascinada y aturdida por el despliegue, me dejé llevar por mi amiga y el novio hacia el piso de arriba. Si abajo había gente, arriba ni les cuento. Era una mezcla entre vestidores, catering y una cava de vino en un mismo lugar. Nos encontramos con Carolina, la amiga de mi amiga que me había pedido el favor. Parece que la chica se había ganado un premio en la facultad y que, como consecuencia de eso, recibió plata. Sentí el estómago un tanto ruidoso, por el hambre y la envidia. Nos dijo, como toda una directora, que comiéramos y nos cambiáramos porque en una hora empezaba la filmación. Como toda orden, no me cayó muy simpática pero con los ojos para el costado asentí.
Me puse a mirar al resto de las personas en el lugar, para ver si me encontraba con alguien familiar y, como por arte de magia, me encontré con una chica que se hacía pasar por la productora. Ya la conocía de otro cortometraje y si había alguien a quien no me quería encontrar era a ella. Su pelo largo y rojo hacía juego con sus zapatillas del mismo color. Toda desgarbada y antipática ni siquiera me saludó, pero con una mirada lo dijo todo. No nos habíamos caído bien de entrada y eso se notaba.
Pero seguí mi paneo para otro lado. Estaba lleno de personas que se sentían en un estudio de Hollywood, alardeando de acá para allá sobre quién sabía más de cine. Ya me creía fuera de lugar, pero con un profundo respiro me separé de mi amiga y el novio, que seguían acaramelados, y me digné a comer algo. Hasta el catering parecía de verdad, con una variedad de tartas y tortas que llegaba hasta el techo, pero simplemente hechas por la mamá de la directora.
Minutos después ya estaba comida y cambiada. Me pusieron un vestido que me picaba y me hacía estornudar hasta por los codos. Me sentía incómoda y no veía la hora de sacármelo. También me aclararon que mi papel era el de una de las borrachas que se la pasaba charlando con el cantinero del bar. Pero mis palabras eran simples, ninguna. Por fin una buena, pensé.
Bajamos y me senté en una banqueta frente a la barra que fue mi compañera durante el resto de las horas hasta dejarme el culo prácticamente cuadrado. El famoso cantinero era el novio de mi amiga, que no dejaba títere sin cabeza. En cada ratito que tenía libre se ponía a hablar con una mina distinta, mientras mi amiga en principio se hacía la boluda. Yo ni intentaba meterme y mis nervios tampoco me lo permitían. Sabía que no tendría muchas chances de aparecer en escena pero con tan sólo pensarlo se me estrujaban los intestinos.
Después de varios ensayos, algunos truncados por la dificultad del camarógrafo de llevar encima un steady cam, todo estaba listo para filmar. Entre el vaivén de personas en movimiento y los gritos de la directora, mi corazón no paraba de acelerarse. La cámara hacía un recorrido por todos los recovecos del bar y cuando pasaba por el mío lo único que lograba hacer era evitarla mirando para otro lado.
Las primeras tomas fueron un asco. Todos estaban con los pelos de punta porque no lograban hacerlas a la perfección y encima se rompió una lámpara muy antigua a metros de mi cuerpo. Los ojos les brillaban de furia a todos los que se acercaron, pensando que había sido yo. Pero no, al parecer había explotado por tantas horas de estar encendida. Un tanto tímida, no paraba de ver el celular para acelerar el tiempo y evitar las miradas incómodas hacia mí.
Con los problemas un tanto solucionados, lograron la mejor toma y los ánimos cambiaron de un segundo al otro. Ahora todos se besaban, abrazaban y hasta coqueteaban como si nada hubiera pasado, cuando minutos antes se estaban puteando de arriba a abajo. Yo, con un litro de agua saborizada que simulaba whisky encima, lo único que quería era ir al baño. Mientras me paraba después de unas cuatro horas sentada y cansada de luces, gritos y casi llantos, mi amiga me contaba lo enojada que estaba con el novio porque se chamuyaba a medio bar. Tranquilizándola en el baño, se escuchaban los aplausos de todo el equipo, clásicos de un rodaje casi tortuoso. Lo peor de todo fue que la escena era solamente la primera de todo el cortometraje y la única para hacerme actuar, ahora sí de verdad, como mediadora en la pelea entre mi amiga y el novio.

Fantasma que se avisa, no traiciona.

Crónica de un fantasma que se anuncia. Si no me crees, te invito a pasar una noche por Uriburu y Viamonte, y a escribir la tuya propia. 

 

El conjuro, película estrenada recientemente en los cines de Argentina, fue tendencia mundial en el mundo de Twitter durante todos los días de su primer semana en cartelera. Aún hoy, casi a las tres semanas de su estreno, se sigue escurriendo en la lista de los TT.

¿Qué es lo que tiene esto del mundo paranormal, los fantasmas y lo desconocido que pega tanto a nivel mundial? ¿Qué causa tanto miedo? ¿Lo que no conocemos, lo que no controlamos?

Por mi parte, siempre fui escéptica y partidaria de lo científico. De lo que veo con mis propios ojos. De esas personas que jugaron mil veces al juego de la copa (con unas copas encima) y no tuvieron miedo. Nunca nada sucedía que me pruebe que los fantasmas existían, y no me creo las leyendas urbanas. Si le paso al tío del primo de tu vecino, no es verdad ante mis ojos.

Prestemos atención al uso del pasado cuando hablo del hecho que “nunca nada sucedía”. Me mudé a la calle Uriburu entre Viamonte y Tucumán hace tres años y medio. Para los que no son habituales de estos lados, les cuento que si hay algo que caracteriza a mi cuadra son los edificios particulares con los que cuenta. Uno la AMIA, lugar donde 86 personas perdieron la vida en un atentado el 18 de Julio de 1994 y otro, nada más y nada menos, que la morgue Judicial. El primero se encuentra junto a mi departamento, separados simplemente por un kiosco. El segundo se ubica enfrente a mi ventana. Linda vista.

Desde el día cero que pise este departamento, tuve la suerte de conocer a uno de los vecinos de mi vida anterior en otra ciudad. Y desde el día cero que él me previno de las cosas inexplicables que sucedían en Uriburu y Viamonte. De más está decir que no le creí ni un poco. Tras un año de asistir a tres reuniones de consorcio, comenzaba a creer un poco en la historia. El del quinto, obsesionado completamente con este tema, siempre lograba meter en algún recoveco de las conversaciones sobre cañerías y puertas rotas un “A mí me desapareció otro par de zapatos” o un par de “Mi colección de libros se cayó sola”. Pero no era solo él, sino que otras personas asentían como si fuera algo diario de sus vidas que los libros volaran de la repisa al sillón como arte de magia. Y siempre, siempre, alguien aportaba una historia nueva.

En la reunión de consorcio de Junio del 2012 fue mi turno. Y, de verdad, pensé que jamás me pasaría. Si, reconozco que muchas veces me desaparecieron cosas inexplicablemente (ya que vivo solo con Teo, mi perro), o que mi compañía le ladraba constantemente a espacios de aire por un largo periodo de tiempo, sin manera de calmarlo. Pero como ya dije, una persona que no cree en esto, no intenta encontrarle explicación. Y, lectores, les juro que la historia que voy a contar a continuación es 100% real.

Una noche, cerca de las 3 de la mañana, me encontraba profundamente dormida y me despertó mi perro con un par de ladridos ahogados. Teo duerme en mi cama. Se levanta de un salto, me destapa y se dirige a la entrada trasera de mi departamento. Esa entrada jamás la uso, ya que conduce a un cuarto repleto de objetos inútiles que quedaron olvidados. Desde que me mudé debe haberse usado dos veces, y desde entonces permanece cerrada con llave. Doble. Arriba y abajo, con traba. Tras un lago rato en que el perro no se calmaba, decido dirigirme hacia el lugar en discordia a ver qué sucedía. Me asomo por el pasillo y noto que la puerta estaba abierta de par en par. Y se movía, tambaleaba como si una brisa de viento la golpeara y cada vez que se disponía a cerrarse, se volvía a abrir. Un frío atravesó mi cuerpo, de pies a cabeza. Corrí los seis pasos que separan el cuarto misterioso con mi habitación, metí al perro y comencé a respirar entrecortadamente, buscando soluciones lógicas. La primera, claramente, fue que me habían entrado a robar. Llamé a mi mama, que estando a 700 km dudo que pudiera solucionarme mi problemita. Pero es una madre, ellas solucionan todo, supuse. Error. Mi madre entró en más desesperación que yo. No ayudó ni un poco. Tras varios minutos de mantener silencio intentando detectar sonidos provenientes del resto del departamento, tomé coraje, agarré un cúter que tenía en mi escritorio  con la mano derecha, abrí la puerta y empuje a mi perro con la pierna para que vaya adelante mío. Les juro que me miró con odio. Nunca, jamás tuve tanta adrenalina corriendo en mi sangre. El pasillo que separa mi cuarto del resto del departamento en mi vida pareció tan oscuro, ni tan largo. Caminé prendiendo cada luz que se me cruzaba, maldiciendo a todos mis vecinos ya que cada sonido proveniente de los pasillos del edificio eran balazos para mi corazón, que bombeaba a mil por segundo. Recorrí el living: nada. Crucé la cocina: nada. Entré a los dos baños: Nada. Solo quedaba el cuarto satánico. Me decidí, con mi madre en el teléfono al borde del llanto, entrar. Maquiné mil situaciones en mi cabeza en menos de un minuto. En todas, absolutamente todas, terminaba muerta. La cantidad de objetos que caracterizan ese cuarto dan mucho espacio para que alguien se esconda entre las sombras. Buenísimo. Con mi perro entre las piernas, dí pasos mínimos hasta acercarme a la llave de luz que tuve mucho pánico de prender. La prendí, la puerta se cerró repentinamente a mi costado y pegué el grito más fuerte de mi vida. No había nada. Nada de nada. Nada ni nadie. Ni tampoco una explicación coherente a 10 km a la redonda.

Es el día de hoy que sigo sin entender que sucedió esa noche de Junio. Si la puerta se cerró por un empujón inconsciente mío. Si alguien pudo burlar mis dos cerraduras que, por cierto, estaban intactas. Si la puerta falló, cosa que jamás hizo desde entonces. Si era una persona que entró solo para ver el decorado de mi departamento, ya que ningún objeto faltaba. No lo sé. Y ya dejé de intentarlo. Creer o explotar, me dijeron varios vecinos, bienvenida al edificio.

Cintia Grinstein

Garrapatas egoístas.

El transporte público no sólo nos lleva a un destino específico, sino que en él podemos ver historias, deducir pensamientos, leer miradas, sentir lo que sienten los demás e incluso, a veces, puede ser el espejo que devuelve la peor imagen de uno mismo que la hallamos reflejados en los demás. Crónica de Pamela Maritan, una mañana de su vida cotidiana en el colectivo.

Uno, dos, tres, cuatro… a una cuadra de llegar a la parada del bondi para ir a la facultad voy contando como siempre las personas que ya están en la fila. La puta madre, me atrasé cinco minutos y ya hay veintiún personas, el bondi tiene diecinueve asientos, pero nunca falta ese par de pelotudos que se creen que no se llegan a sentar y hacen la fila para el próximo. Son las seis y media de la mañana y está oscuro. Me pongo en la fila y como siempre está el perro taladrándonos la mente que todavía no está despierta, al menos la mía no. El perro siempre está ahí para ladrar a cada uno de los que llega. Se hace el malo, el que va a mordernos pero nunca muerde a nadie. Todos lo miramos de reojo y seguro pensamos lo mismo: qué perro hinchapelotas.

Ya me conozco las caras de memoria. El pelado de traje, la vieja de pelo corto, el ruliento canoso que nos hace desayunar a todos un par de cigarrillos en la cara, la piba que viene con el padre y la espera hasta que suba, al pedo. Siempre me pregunto ¿cuál es el objetivo? ¿Esperar que no se accidente cuando sube al bondi? ¿O que no la muerda el perro? La boluda está grande. Está la madre con sus dos nenas pelirrojas vestidas para ir al colegio que tendrán seis y siete años y siempre me pregunto: ¿Por qué la tortura de llevar a las nenas a capital habiendo mil colegios en Quilmes? Al menos se la pasan durmiendo y chorreándole de saliva la campera a la madre, le pasa por forra.

Llega el bondi y otra vez no me equivoqué, porque un par de pelotudos formaron una nueva fila. Creo que tengo asiento disponible para mirar por la ventana mientras escucho música por cuarenta minutos, si es que el celular no se me queda sin batería, es traicionero. Nos vamos subiendo. Pobre el pelado de traje que esta vez se quedó sin saldo en la sube y trata de poner las monedas a toda velocidad mientras que las personas lo pasan por atrás sin un mínimo de piedad. Me da lástima, pero bueno, a esta hora no tengo compasión por nadie. Uno menos.

El chofer ya nos conoce y ni siquiera pregunta hasta dónde vamos. Me marca $4,10 y como era de esperar estoy al horno con el saldo, siempre justo. Mi asiento favorito lo ocupó una pendeja que debe haberse levantado un hora antes para plancharse el pelo y maquillarse, mientras que yo salgo sin desayunar con tal de dormir media hora más. Ahora tengo que elegir entre sentarme en el del medio al fondo, o al lado de un gordo que ocupa un asiento y medio. Una mierda, no puedo ni mirar por la ventana, en fin, me siento en el fondo. Arranca y me pongo los auriculares. En la próxima parada siempre están esas personas que ya saben de entrada que no van a poder sentarse, siempre pienso que la próxima vez le voy a dar mi asiento para que al menos puedan sentarse una vez en la vida, sobre todo a la gordita de tacos altos que me hace acordar a la protagonista de El diario de Bridget Jones, es igual. Pero al día siguiente pienso lo mismo y así sucesivamente. Somos todos egoístas. Un ejemplo clarísimo y sumamente típico es esto que está pasando ahora, se subió un viejo, muy viejo. De repente todos se hacen los pelotudos, miran por la ventana doblando la cabeza exageradamente, o la excusa número uno: se hacen los dormidos. La hora les juega a favor. Algunas personas se miran entre ellas como diciendo “dale che que alguien le ceda el asiento”. El viejo se pone justo en frente de un chabón, se lo tuvo que dejar. No fue por culpa, estoy segura que fue por la cara de las demás personas que le decían con la mirada “no seas forro”. A mí me ha pasado sentir culpa por los viejos y las embarazadas, pero no en el caso de esa forra que sube con su hijo que ya tiene como cinco años a upa, victimizándose. Otra cosa típica.

Me siento apretada entre estas dos personas que están al lado mío. Se exceden con los abrigos. Al menos estoy más cómoda que el pobre pibe que se sentó al lado del gordo y le sobra medio culo afuera. El de la derecha empieza a cabecear y ruego que esta vez no se me duerman en el hombro. En la próxima parada se sube el morocho de siempre, con su gorro y un bolso que se sienta en el escalón frente a la puerta del fondo, le debe quedar el culo cuadrado, pero todo sea por viajar sentado a las siete de la mañana.

Por suerte tengo música para escuchar y no como otras mañanas que me olvidé los auriculares y tuve que soportar charlas de señoras de buen humor, hablando de chusmeríos a carcajadas. No entiendo el buen humor de la mañana. O de esas dos pibas que siempre se encuentran de casualidad. Las compadezco, no hay nada peor que encontrarse con alguien a esa hora y tener que hablar por compromiso cuando tu cabeza recién está tratando de unir dos frases con coherencia. Tienen pinta de ser compañeras, pero no amigas, se saludan y se mienten “hola ¿todo bien?” “sí, todo bien vos?” “bien” y empiezan a hablar de la facultad.

Sigue subiendo gente que parece hacer un chequeo entre las personas que van sentadas pensando quién será el primero en bajarse para tener un asiento asegurado. En general se ponen al lado de los que no están dormidos creyendo que quizás están atentos a bajarse pronto. Ingenuos. La mayoría de las veces la pifian, o la pifiamos (me incluyo). El momento patético es cuando se desocupa un asiento y las personas se amenazan de asesinato con la mirada: “ese asiento es mío” “yo lo reservé primero” “yo estaba más cerca” y a toda velocidad se sientan. Así somos todos: egoístas.

El bondi está repleto y flasheando con las canciones que suenan a todo volumen en mis oídos, empiezo a mirar todas las cabecitas y pienso en que cada una de ellas es un gran mundo, con sus vidas enquilombadas, de repente me siento un punto más, como lo que verdaderamente soy. Somos como pequeñas garrapatas tratando de sobrevivir en un gran animal que nos domina llamado planeta. Las garrapatas van bajando de a poco y yo sigo pensando boludeces, relacionando canciones con historias mías, ajenas o recordando situaciones. Creo que ya me desperté.

Llegamos al correo y con toda la fiaca nos levantamos y nos bajamos. Por suerte sólo tengo que cruzar una calle para llegar a la parada del 140. El correo es un bardo de gente y todos cruzamos la calle Perón literalmente como el orto, entre autos, taxis y colectivos que vienen de las dos manos. A nadie le importa nada, pero repito: así somos, egoístas.

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